Cuando un bebé o un niño tiene dolor abdominal, diarrea, gases, vómitos o molestias después de tomar leche, es normal que surja la duda: ¿se trata de una alergia o de una intolerancia?. Aunque a veces puedan parecer problemas parecidos, la alergia a la proteína de leche de vaca (APLV) y la intolerancia a la lactosa no son lo mismo. Afectan a componentes distintos de la leche, producen síntomas diferentes y también requieren un manejo distinto.
Entender bien estas diferencias es importante para no hacer cambios de dieta por cuenta propia y para saber cuándo conviene consultar con el pediatra.
La APLV suele iniciarse durante el primer año de vida. Afecta aproximadamente a un 2 % de los niños menores de 4 años y es la alergia alimentaria más frecuente en el lactante y en niños pequeños. En algunos casos aparece al introducir la leche de fórmula o los lácteos, pero también puede darse en bebés con lactancia materna, ya que pequeñas cantidades de proteínas de leche de vaca consumidas por la madre pueden pasar a la leche materna y desencadenar síntomas en niños sensibles.
Lo que caracteriza a la APLV es que los síntomas no tienen por qué limitarse al intestino. Puede causar vómitos, diarrea, moco o sangre en las heces, rechazo de las tomas o mala ganancia de peso. Pero además puede acompañarse de eccema, ronchas, hinchazón de labios o párpados e incluso síntomas respiratorios. Esa combinación de síntomas digestivos con signos en la piel o la respiración es una de las pistas que más hace pensar en alergia.
La intolerancia a la lactosa funciona de otra manera. Aquí no hay una reacción alérgica, sino una disminución de lactasa, la enzima intestinal que ayuda a digerir la lactosa. Cuando la lactosa no se digiere bien, llega al colon y allí fermenta, provocando síntomas digestivos. Los más habituales son hinchazón abdominal, gases, dolor de tripa, náuseas, ruidos intestinales y diarrea.
A diferencia de la APLV, la intolerancia a la lactosa no suele dar ronchas, eccemas ni dificultad respiratoria. Además, es menos habitual en lactantes pequeños sanos y suele verse más en niños mayores o de forma temporal después de una gastroenteritis u otro proceso que haya irritado el intestino.
La forma más práctica de diferenciarlas es fijarse en qué síntomas aparecen y dónde aparecen. Si el niño tiene gases, tripa hinchada y diarrea tras tomar leche, pero no presenta lesiones en la piel ni otros síntomas fuera del aparato digestivo, encaja más con una intolerancia a la lactosa. En cambio, si además de las molestias digestivas hay sangre en heces, vómitos repetidos, eccema, urticaria, hinchazón o problemas respiratorios, la sospecha de APLV es mayor.
También ayuda fijarse en la edad y en el tipo de lácteos que tolera. En un bebé pequeño con mala ganancia de peso o síntomas persistentes, la APLV suele ser una posibilidad más relevante. En un niño mayor que tolera algunos yogures o quesos pero empeora con la leche, puede cuadrar más con intolerancia a la lactosa.
Aquí está una de las mayores confusiones. Un producto sin lactosa sigue llevando proteína de leche. Por tanto, no es una alternativa válida para un niño con alergia a la proteína de leche de vaca. En la APLV, el problema no es el azúcar de la leche, sino la proteína. En cambio, en la intolerancia a la lactosa, los productos sin lactosa sí pueden ser útiles porque reducen precisamente el componente que causa los síntomas.
Si se confirma una APLV, el tratamiento consiste en eliminar la proteína de leche de vaca de la dieta. En bebés alimentados con fórmula, el pediatra puede recomendar una fórmula extensamente hidrolizada o, en algunos casos, una fórmula de aminoácidos. Si el bebé toma pecho y se considera que la APLV está relacionada con proteínas que pasan a través de la leche materna, puede indicarse una dieta de exclusión para la madre, siempre con seguimiento profesional.
Con el tiempo, muchos niños desarrollan tolerancia, por lo que la evolución debe revisarse periódicamente.
Si lo que hay es intolerancia a la lactosa, la solución suele ser adaptar la cantidad de lactosa según la tolerancia del niño.
A veces basta con reducir leche líquida, usar productos sin lactosa o elegir lácteos mejor tolerados. Si la intolerancia aparece después de una gastroenteritis, puede ser algo temporal y resolverse cuando el intestino se recupera. En cualquier caso, hay que vigilar que la alimentación siga cubriendo bien nutrientes como el calcio y la vitamina D.
Si tu hijo tiene síntomas repetidos tras tomar leche o lácteos, lo mejor es no sacar conclusiones por tu cuenta ni retirar alimentos durante meses sin supervisión. El pediatra valorará la historia clínica, el tipo de síntomas, la edad del niño y, si hace falta, indicará pruebas o una dieta de exclusión controlada. Esto es importante porque no todas las molestias tras tomar leche significan alergia o intolerancia, y una restricción innecesaria puede dificultar el diagnóstico y empobrecer la dieta.
En resumen, la APLV y la intolerancia a la lactosa no son lo mismo: una es una reacción inmunológica frente a las proteínas de la leche y la otra un problema digestivo con la lactosa. Diferenciar bien síntomas, edad de inicio y manejo es la clave para acertar con el diagnóstico y cuidar la alimentación del niño de forma segura.