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El hierro es un nutriente clave en la alimentación infantil. Participa en el transporte de oxígeno, el desarrollo del cerebro, las defensas y la energía del día a día. El problema viene cuando tu hijo come poco, es muy selectivo o “picotea” sin llegar nunca a hacer una comida completa. Entonces es lógico que te preguntes si está tomando suficiente hierro y qué puedes hacer para mejorar su dieta sin convertir cada comida en una batalla.
En este post veremos por qué es tan importante el hierro en la infancia, qué niños pueden tener más riesgo de déficit y, sobre todo, estrategias prácticas para asegurar el aporte de hierro.
El déficit de hierro es una de las carencias nutricionales más frecuentes en niños. No siempre llega a producir una anemia evidente, pero incluso niveles bajos pueden influir en:
El cansancio y la falta de energía
La atención y el rendimiento escolar
El estado de ánimo (niños más irritables o apáticos)
La respuesta del sistema inmunológico
En etapas de rápido crecimiento (primeros años de vida y adolescencia), las necesidades de hierro son especialmente altas. Si a eso le sumamos un niño que come poco o que rechaza muchos alimentos, es fácil que los padres se preocupen.
No todos los niños “mal comedores” son iguales, pero suelen tener algunos rasgos en común:
Se llenan rápido y dejan el plato a medias
Comen despacio y se distraen con facilidad
Rechazan carnes, legumbres o verduras
Prefieren siempre los mismos alimentos “seguros”
En estos casos, lo más importante no es que coma grandes cantidades, sino que lo poco que coma sea muy nutritivo. Es decir, intentar que cada comida aporte la mayor cantidad posible de hierro y otros nutrientes clave.
Para asegurar el hierro en la alimentación infantil cuando el apetito es limitado, ayuda conocer qué alimentos lo aportan y cómo presentarlos de forma atractiva. Algunos ejemplos:
Carnes magras (pollo, pavo, ternera) en forma de albóndigas, hamburguesas caseras, bolitas o ragú mezclado con pasta o arroz.
Pescado (sobre todo azul y algunos mariscos, según la edad), en croquetas, pastel de pescado o tacos de pescado rebozado al horno.
Legumbres (lentejas, garbanzos, alubias) en purés suaves, hummus untado en pan, hamburguesas vegetales o añadido a sopas y cremas.
Huevos (si no hay contraindicación), en tortilla francesa, revueltos o en forma de mini tortillas con verdura.
Cereales enriquecidos con hierro (sobre todo en los más pequeños), como los cereales infantiles fortificados o panes y harinas enriquecidas.
Frutos secos y semillas (según edad y siempre en forma segura): cremas de cacahuete, almendra o avellana 100 % frutos secos, añadidas a tostadas, yogur o papillas en niños que ya pueden tomarlas.
La clave está en combinar estos alimentos con otros que el niño ya acepte bien, en lugar de presentar el hierro siempre en platos “nuevos” o muy diferentes.
Para que el cuerpo aproveche mejor el hierro de los alimentos, es muy útil acompañarlos de vitamina C. Esta combinación es especialmente importante cuando hablamos de hierro de origen vegetal (legumbres, cereales, verduras).
Algunas ideas prácticas:

Lentejas con tomate natural o pimiento
Garbanzos con ensalada de tomate y naranja de postre
Albóndigas con salsa de tomate y kiwi o mandarina después
Tostada con hummus y un poco de limón exprimido por encima
Pequeños cambios en el plato pueden marcar una gran diferencia en la absorción del hierro.
Cuando un niño come poco, es fácil caer en ciertas estrategias que, sin querer, empeoran el aporte de hierro:
Abusar de leche y lácteos: son importantes, pero en exceso pueden desplazar otros alimentos ricos en hierro y, además, el calcio en grandes cantidades puede interferir en su absorción si se toma justo en la misma comida principal.
Ofrecer demasiados zumos, batidos comerciales o snacks “para que al menos tome algo”: llenan, pero aportan poco hierro y quitan espacio a alimentos más nutritivos.
Convertir cada comida en una negociación o lucha: el estrés y la presión constante pueden empeorar aún más el apetito.
Mejor centrarse en ofrecer alimentos de calidad, con hierro, de forma repetida y sin forzar, confiando en que, poco a poco, el niño vaya aceptando más variedad.
Es tentador pensar en dar un suplemento “por si acaso”, pero el hierro solo debe utilizarse cuando el pediatra lo indique. Tomar hierro sin necesidad puede causar efectos secundarios (dolor abdominal, estreñimiento, náuseas) y en algunos casos llegar a ser perjudicial.
Si sospechas que tu hijo puede tener déficit de hierro (porque está muy cansado, pálido, rinde poco o tiene antecedentes de anemia), lo adecuado es comentarlo con el pediatra. Él decidirá si hay que hacer una analítica para valorar hemoglobina y ferritina y, a partir de ahí, indicar cambios en la alimentación o una suplementación temporal.
Referencias:
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